La renuncia que no supe ver hasta que fui madre
Desde pequeña, crecí admirando a dos grandes mujeres que moldearon mi vida: mi madre y mi tía Carmen. Mi madre, una talentosa manicura, decidió dejar su trabajo en una peluquería tras casarse. A pesar de que le apasionaba lo que hacía y tenía una clientela fiel, se vio atrapada en las expectativas de una época en la que las mujeres debían permanecer en casa, dedicándose a la crianza de los hijos. Recuerdo que me contó que la dueña de la peluquería le ofreció la opción de trabajar solo unas horas y en los días que le conviniese, pero a mi padre no le pareció bien. Este sacrificio de mi madre fue el primero de muchos que marcarían el camino de nuestra familia.
Por otro lado, mi tía Carmen, quien fue como una segunda madre para mí, enviudó a una edad temprana. Despojada de la comodidad que implica tener una pareja, se mudó a Madrid para vivir con mi madre. A pesar de las dificultades, ella encontró la fuerza para trabajar y, al mismo tiempo, apoyar a su hermana y a nosotros, sus sobrinos. Siempre se comportó con amor y dedicación, criándonos como si fuéramos sus propios hijos. Ambas mujeres compartían un objetivo claro: que yo nunca renunciara a mis sueños. Querían que tuviera las mismas oportunidades que mi hermano y que pudiera elegir mi propio camino.
Con esta motivación, decidí estudiar una carrera. Me esforcé al máximo y, a los 18 años, obtuve mi carnet de conducir. Todo esto culminó en una emocionante experiencia: viví en Dublín durante un tiempo, donde aprendí no solo sobre el mundo, sino también sobre mí misma.
Sin embargo, la verdadera prueba llegó cuando decidí ser madre. Tenía claro que no iba a conformarme con la escasa baja maternal que se ofrecía en ese momento. Quería estar con mi hijo más allá de los breves meses que se consideraban suficientes. Así comenzó mi historia de renuncia. Pedí una excedencia en mi trabajo, que prolongué unos 11 meses, hasta que me reincorporé, cuando mi pequeño tenía 14 meses y ya estaba en la guardería. Opté por una reducción de jornada que me permitiera trabajar de 8:30 a 15:30, equilibrando así mis responsabilidades laborales con los horarios de la guardería y, por supuesto, el tiempo que quería dedicarle a mi hijo.

Descubrí que mis decisiones estaban ligadas a un sistema que exigía un sacrificio desproporcionado principalmente a las madres.Hoy en día soy miembro activa de la Asociación Yo No Renuncio, un grupo que lucha para que ninguna madre ni padre tenga que renunciar a sus sueños, a su carrera o a su vida personal por el simple hecho de ser padres. Mi compromiso es asegurar que las futuras generaciones tengan mejores oportunidades y un entorno que respete la importancia de la conciliación.
Así, cada día, me esfuerzo por fomentar un cambio significativo en la sociedad, promoviendo la idea de que ser madre no debería ser sinónimo de renunciar, sino de encontrar un equilibrio que permita a madres y padres vivir plenamente y cumplir sus aspiraciones personales y profesionales.
