El día que comprendí que la conciliación no era un problema individual

Mi historia, como el título de aquella película, es un despertar; el relato de cómo una mujer educada en la igualdad absoluta y convencida de que el esfuerzo profesional era la llave de cualquier meta, terminó dándose de bruces contra la realidad de un sistema que no cuida a quien cuida. 

Me criaron para estudiar y destacar, alejándome de la cocina para conquistar espacios públicos, y así llegué a mis primeros trabajos, aceptando la precariedad y la falta de horarios como el peaje necesario para aprender. Sin embargo, en 2010 y 2011, con el nacimiento de mis dos hijos, mi mundo cambió radicalmente: me encontré en un escenario donde los padres apenas tenían quince días de permiso y la soledad estructural era la norma. Aunque siempre digo que tuve suerte porque en mi casa existía una corresponsabilidad real y mi pareja asumía más tareas que yo, pronto comprendí que mi renuncia no era a mi empleo, sino a mi propia identidad y bienestar. 

Durante cinco años viví en un estado de agotamiento absoluto, caminando como una zombi laboral mientras intentaba descifrar un instinto maternal que no era mágico, sino un aprendizaje por ensayo y error. En aquel túnel de privación de sueño, me di cuenta de que había renunciado a cosas tan básicas como leer, ir al cine, ducharme a solas o, simplemente, dormir; renuncié a la mujer que hacía locuras maravillosas para convertirme en una madre que debía ser secundaria en todo lo demás. 

Me estrellé contra el techo de cristal, viendo cómo mi formación y valía se diluían bajo el estigma de la falta de presencialidad, mientras lidiaba con el juicio de quienes me veían salir corriendo al colegio y con el peso de una culpa constante. Me vendieron el mito de la «Superwoman», esa madre perfecta que llega a todo con una sonrisa, pero la realidad era el aislamiento, el desbordamiento y el sacrificio de mi propio yo en favor de la abnegación. 

Mi gran despertar ocurrió el 13 de julio de 2014, cuando descubrí el movimiento de las Malasmadres y el germen de lo que sería la Asociación Yo No Renuncio; esa noche entendí que no era una «mala madre», sino una mujer víctima de unas reglas de juego injustas. Mi motivación para ser socia nace de esa revelación: comprendí que la conciliación no es un problema individual de las mujeres, sino un desafío que incumbe a toda la sociedad y que requiere cambios legislativos profundos. Me uní porque no quiero que ninguna otra mujer se sienta sola o incomprendida en este camino. Hoy, aunque mis hijos han crecido y he recuperado el sueño, sigo aquí porque creo en la fuerza de lo colectivo, en la magia de conectar con otras compañeras y en la necesidad de luchar juntas para que los cuidados dejen de ser un lastre y pasen a ser una responsabilidad compartida. 

Soy socia porque, a pesar de que la vida a veces sea difícil, he descubierto en mi interior un verano invencible que me empuja a seguir adelante para cambiar el mundo, convencida de que cada persona cuenta y de que juntas somos capaces de romper el silencio y transformar las leyes para que ninguna madre tenga que volver a renunciar a sí misma.

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