La conciliación empieza mucho antes de la maternidad

Renunciar no siempre es una derrota. A veces es simplemente el precio de seguir adelante. Yo he renunciado muchas veces, aunque durante años no lo llamé así. Lo llamé “ser práctica”, “ser fuerte”, “ser profesional”, porque renunciar te priva de esa libertad que nos han vendido, de esa idea de que todos tenemos los mismos derechos, pero la realidad es que muchas veces lo que hacemos es pagar un precio que otros no pagan. Y eso quiebra la sensación de justicia.

Para poder ser madre he renunciado a unas cuantas parejas. No porque no estuviese enamorada, sino porque cuando pones ser madre encima de la mesa —cuando dices claramente que no quieres seguir esperando— aparece la verdad: que para el otro formar una familia no era tan importante como parecía. Esa renuncia no es romántica ni épica: es una constatación de prioridades que no encajan y duele.

Trabajé muchos años en obra civil, un entorno donde las mujeres éramos pocas y donde, antes de hablar de tu experiencia, ya te estaban preguntando si pensabas tener hijos. Preguntas directas, ilegales, normalizadas. Y sabías que, si respondías “sí”, tu trabajo podía peligrar. Esa presión jamás la vi en mis compañeros. Ahí entendí que la libertad para decidir era, en realidad, una libertad condicionada.

De esa experiencia pensé que emprender me daría más margen para poder conciliar. Que siendo autónoma tendría más control sobre mis tiempos. Pero levantar una empresa desde cero también implica jornadas interminables, incompatibles con tener un bebé, y menos tú sola. Aun así, el deseo de ser madre seguía ahí y seguía intentándolo. Muchos procesos fallidos, muchos duelos, mucho dinero invertido. Renuncié a cosas que otros dan por hechas y lo hice en silencio, porque cuando explicas tu deseo de ser madre siempre aparece alguien que te llama “cabezota”, como si la determinación fuera un defecto.

Cuando por fin llegó la maternidad, llegó otra renuncia inesperada. Ser madre monoparental y empresaria es una ecuación que no siempre cierra. Sin posibilidad de doblar el permiso, sin lactancia, sin permisos si tu hija se pone enferma… Si pensaba que ser autónoma me facilitaría maternar, ocurrió lo contrario. Sin dormir, sin red, con un bebé que enfermaba constantemente, compatibilizar vida laboral y maternidad se volvió imposible.

Después de doce años como autónoma dejé mi empresa en manos de la que había sido mi competencia para volver a ser asalariada y recuperar derechos laborales. Renunciar a lo que había construido durante tanto tiempo fue duro, pero necesario para seguir adelante. Y aun así me siento afortunada: tengo a mi niña y puedo continuar mi carrera profesional en un entorno que me permite conciliar.

Pero incluso con facilidades por parte de la empresa para conciliar, el sistema no acompaña. Muchos eventos y networkings siguen siendo a horas incompatibles con la crianza, igual que reuniones a horas imposibles cuando trabajas en distinto huso horario.

La maternidad continúa siendo un desafío logístico, económico y emocional. Intento mirar atrás sin victimismo, pero con claridad. No es justo que las mujeres tengamos que renunciar tanto para poder ser, trabajar y maternar. No es justo que la libertad se nos presente como elección cuando en realidad es una trampa de opciones imposibles.

Mis renuncias no me definen, pero sí explican el camino. Y, después de tantas, hay algo a lo que no pienso renunciar: a mí misma.

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