La maternidad no puede convertirse en un motivo para discriminar

Soy Esther socia Yo No Renuncio y quiero contaros mi historia. Una historia que empezó hace unos meses y que, de alguna manera, todavía continúa.

Tengo una bebé de 14 meses. Cuando ella tenía apenas cinco meses y yo todavía estaba de baja por maternidad, me contactaron para incorporarme a mi actual empresa. Era una oportunidad profesional muy buena: un puesto de mayor responsabilidad, una mejora salarial y la posibilidad de seguir aprendiendo y creciendo.

Tomar la decisión no fue fácil. Llevaba casi cuatro años en mi anterior empresa y, además, acababan de promocionarme mientras estaba de baja. Me daba muchísima vergüenza comunicarles que me marchaba después de haber apostado por mí en ese momento. Aun así, decidí aceptar el nuevo proyecto y me incorporé en enero.

Uno de los socios, que fue quien me entrevistó, sabía perfectamente que acababa de ser madre. Cuando salió el tema durante el proceso, me dijo una frase que recuerdo perfectamente: “Mejor, así alcanzarás los objetivos por ella”.

Y pensé: “ok, todo bien”. Era mi primera hija y yo no era consciente de cómo podría afectarme el posparto. Tenía esa especie de niebla mental de la que tantas madres hablan: me costaba aprender cosas nuevas, retener información y concentrarme como antes.

A eso se sumaba la culpa, por dejar a mi bebé en casa, por llegar muchos días a las 18:30 o 19:00, por sentir que apenas tenía tiempo de calidad con ella. Y, al mismo tiempo, intentaba demostrar que podía con todo profesionalmente.

Llegó julio. Concretamente, el 14 de julio, el primer cumpleaños de mi hija, tuve mi evaluación de desempeño. Aquella reunión fue especialmente dura para mí. Me sentí humillada por la forma en la que mi jefe se dirigió a mí y terminé llorando delante de ellos.

Me considero una mujer fuerte. No suelo venirme abajo fácilmente. Pero aquel día, precisamente el primer cumpleaños de mi hija, entre el momento emocional en el que me encontraba y la manera en la que se desarrolló aquella conversación, no pude más.

A partir de entonces se estableció que tendría reuniones semanales con él para hacer seguimiento de temas comerciales.

En nuestro primer one-to-one, justo antes de irme de vacaciones, me dijo una frase que todavía hoy me cuesta creer que escuché en mi lugar de trabajo:

“Iré a la cárcel por esto que te voy a decir, pero si te hubiese hecho yo la entrevista, al enterarme de que eras madre no te hubiese contratado”.

Desde entonces voy al psicólogo. Por no ir él, acabé yendo yo. Después han sucedido más cosas. La última, una reunión en la que se dirigió a mí a gritos.

El 1 de septiembre tomé una decisión: pedí poder teletrabajar por las tardes para intentar conciliar mejor mi vida profesional y familiar. La respuesta no fue sencilla y encontré muchas trabas durante el proceso. Tengo los correos que reflejan esas conversaciones.

Finalmente decidí solicitar una reducción de jornada. No porque haya dejado de querer crecer profesionalmente. No porque haya dejado de ser ambiciosa. No porque quiera implicarme menos en mi trabajo.

Lo hice porque necesito dedicar tiempo de calidad a mi hija y porque también necesito cuidar mi bienestar psicológico. Este jueves, 1 de octubre, empiezo mi nueva jornada.

Desde que tomé esta decisión, mi otro jefe prácticamente no me habla y yo me siento profundamente incómoda en mi lugar de trabajo. Pero hay algo que ahora tengo mucho más claro que hace unos meses: mi prioridad es mi hija y  también soy yo.

¿Puedo conciliar? Sí. Pero, ¿a qué precio?

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